Somos un promedio…


Ya les había escrito acerca de como “El Vainas” me iluminó con su sapiencia un buen día mientras nos daba cátedra sobre la bolsa de valores y la importancia de los promedios.

Un promedio no es perfecto, pero es lo más simple para tener una referencia del comportamiento de una serie de hechos continuos… Como tus calificaciones de la facultad, al principio, con 6 materias, puedes construir un buen promedio o bien, te puedes recuperar “fácilmente” de un mal paso (a veces drástico), pero conforme vas avanzando en los créditos, te das cuenta de aunque saques 10 perfecto en un semestre, realmente el impacto no es tan radical como esperarías en el resultado final de la carrera.

Luego uno sale de la universidad, se topa con la dura realidad, y nos volvemos a olvidar de que los promedios importan, (insisto, no son perfectos y hasta cierto punto son discriminatorios, pero es normal, después de todo, “no hay segundas oportunidades para una primera impresión”). Si bien nos va, encontramos un empleo al que le dedicamos parte de nuestra vida, minutos, horas, días, semanas, meses, años… y perdemos de vista que cada hora fue relevante agobiándonos de los años que pasan “sin que veamos cambios”, y eso se debe a que en el fondo, vivimos nuestro promedio, es poco probable que recuerdes todos los días que disfrutaste, o todos los que sufriste, (recordarás los más significativos en ambos puntos), todos los demás días, los que pasaron sin pena ni gloria, se situarán en un promedio de “mmm, baaah, más o menos”, “de pesadilla”, o “la mejor época de tu vida”.

En nuestra escala de tiempo humana, pocos cambios son en realidad abruptos, me atrevería a decir que la mayoría, son cambios que suceden en un intervalo considerable de tiempo, pero son lo suficientemente largos, como para que los consideremos así, y entonces usamos nuestra soberbia para decir que eso no lo veíamos venir.

Cambios… creo que lo que más nos molesta/aterra/emociona es la posibilidad de hacernos coscientes de lo que pesa cada minuto de nuestra existencia y de su potencial impacto para definir nuestro futuro.

Otros cambios a veces toman una vida para llegar, como esperar el despertar de la conciencia de una persona.

Un hombre dijo a su nieto: “siento como si tuviera en el corazón dos lobos que se están peleando. Uno de ellos es violento, está siempre enojado y queriéndose vengar. El otro está repleto de perdón, compasión y amor”.

El niño le preguntó: “¿Cuál de los dos será el que gane la pelea y se quede en tu corazón?”.

A lo que el abuelo le respondió: “El que yo alimente”.

Para Fernanda: Gracias por demostrarme que estaba en lo correcto al no querer seguir compartiendo instantes de mi vida, con alguien que, a pesar de tener casi todo lo que ha buscado, prefiere alimentar al lobo equivocado.

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