Escucha a los ahuehuetes…


Con los nuevos deberes a la vuelta de la esquina, creo que tendré que retomar algunos proyectos que he dejado pendientes, y/o repensarlos para esta nueva etapa, por un lado, creo que vienen tiempos complicados, en donde el “Carpe Diem” tendrá que estar presente, seguro que vendrán momentos de frustración y angustia, sin embargo, también creo que todo es posible, y que los nuevos tiempos serán un baño de agua fresca, como aquellos chapuzones en el ojo de agua de Oacalco, entre los cañaverales y el sol que caía con aplomo.

Los viejos buenos tiempos, cuando apenas un espacio de unos cuantos metros cúbicos, era tan íntimo, sin importar que fuera visita obligada para decenas de lugareños, la arena de río, tan fina, ligera y porosa que se sentía tan bien entre los dedos cuando estaba húmeda, y que era tan odiosa cuando estaba seca. El señor de los mangos con chile que esperaba pacientemente a que a la gente le diera hambre después de refrescarse un poco.

Aunque… nadie tan paciente como ese ahuehuete que ha extendido sus raíces por todos lados en formas tan caprichosas que lo mismo son un columpio que un caballo en manos de la imaginación más audaz. El residente más veterano del campo, que ha visto como se transforma el paisaje con el pasar de los años, y que de alguna manera, vislumbra el final de sus días por la misma mano de aquellos que hoy se divierten aventándose clavados desde su rama más gruesa, cuando decidan que deben cercar el ojo de agua y entubar el pequeño riachuelo porque se ha ido consumiendo poco a poco en los últimos 30 años, a veces, tenemos el poder de ser una plaga muy eficiente, destruimos en una generación, lo que ha tomado cientos de ellas.

Si tan solo pudiéramos escucharlos, estoy seguro de que los ahuehuetes nos dirían que hacer para evitar ese futuro, nos dirían el secreto que alguna vez supimos, ese secreto que compartieron con nuestros antepasados entre sueños y rituales, agasajando lo mismo a grandes señores que a personas comunes y corrientes en los manantiales del valle de Cuauhnahuac. Malhaya el día en que olvidamos el idioma de los viejos, en que aprendimos que el gozo de un día era superior al de una vida.

Naty, si en el futuro tienes la oportunidad, tómate un día para escuchar los ahuehuetes, la experiencia de escuchar sus susurros entre el viento es fantástica, pero sobre todo, no olvides el momento, serás afortunada. Y si ya no estoy para entonces, busca mi voz en el viento mientras te acomodas bajo la sombra de estos viejos.

Ama.

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